Era otro día de verano, caluroso a más no poder. Me había levantado tarde (como casi siempre) y ya no tenía ganas de desayunar, así que fui directamente a lavarme la cara. Me miré en el espejo -“Jo, que rollo... -pensé- ya me ha salido otra espinilla”.
Eran bastante frecuentes las espinillas en mi cara, pero la verdad, yo no tenía demasiadas.
Por aquella época llevaba el pelo largo y castaño muy oscuro, casi negro. Tenía la cara fina y los ojos tan oscuros como mi pelo.
Me lavé la cara y los dientes, me peiné, borré del mapa a la espinilla y me dirigí hacía el salón. En el sofá estaba sentado mi hermano Live, jugando a la P.S.P.
-Hola dormilona -dijo levantándose del sofá y acto seguido me alborotó el pelo, que yo acababa de peinar cuidadosamente.
Le miré enfadada y dije:
-¡Sabes que me lo acabo de peinar y que se me enreda enseguida!
-Ya... -contestó el con una risita, y siguió a lo suyo.
Lo miré con mala cara por última vez, y fui a encender la tele, pero mi otro hermano me interrumpió:
-De eso nada, antes tienes que hacer tus tareas -concluyó The End con aire de responsabilidad.
The End y Live eran gemelos, tenían cuatro años más que yo y me sacaban tres cabezas por lo menos. A pesar de ser gemelos, eran completamente diferentes; Live era como la luz y The End, como las sombras, y nunca mejor dicho.
-Foh... -refunfuñé- Que rollo....
Mi hermano fijó su mirada en mí, una mirada seria y severa, que hizo que se me quitaran las tonterías.
Estaba subiendo (más bien huyendo) a mi habitación para hacer la cama cuando me topé con Beth, mi hermana.
-¡Anda! ¿Ya te has despertado? -rió mi hermana- ya era hora ¿no?
No dije nada, tenía sueño y por las mañanas siempre estaba de mal humor, aunque ya era mediodía.
Beth me miró de arriba a abajo y de abajo a arriba hasta que encontró algo que reprocharme:
-¡Ajá!-dijo eufórica- Te has vuelto a quitar otra espinilla ¿eh? -pero su ilusión duró poco...- ¡Te he dicho un montón de veces que eso es malo y que está mal! -me regañó- ¡No lo vuelvas a hacer, si lo haces otra vez te saldrá un pelo en el pecho! ¿Te acuerdas de lo que le pasó a Live verdad? -Ya te digo si lo recordaba. Cuando a mi hermano le salió su primer pelo en el pecho, montamos una buena (yo no, claro). Se lo intentaron quitar con las pinzas, con la maquinilla, con la cera no se atrevía... y el pelo no salía. Finalmente, como vino, se fue, él solito se cayó. Yo sabía que a mí eso no me pasaría y que lo que había dicho Beth era mentira, pero más val prevenir que curar. Así que, antes de que empezara a darme clases de estética y consejos de belleza, que a mí, sinceramente, me daban igual, le dije que lo sentía y que no volvería a pasar, me escabullí a mi habitación y me encerré en ella.
“Lo que me faltaba, todos los días eran iguales, la misma historia de siempre. Que aburrido”
Desde principio de verano había sido así, aunque a veces había cosas buenas, y en ese momento recordé mi cumpleaños que había sido la semana anterior. Cumplí catorce y todos mis amigos estuvieron allí. Lo pasamos muy bien.
Una sonrisa se dibujó en mi cara al recordarlo, y me dirigí con más ganas a hacer mi cama, cuando vi por la ventana que mi vecino y mi mejor amigo Keith, estaba cruzando nuestro pasadizo secreto.
El pasadizo secreto no era gran cosa, simplemente era un hueco entre los setos de mi casa a la suya. Al principio de los tiempos, lo usábamos solo él y yo, pero ahora, ya no era tan secreto porque por él pasaban mis padres y los suyos, mis hermanos y su hermana e incluso alguna vez, algunos invitados o familia de visita. No me preguntéis como ni por qué, pues no lo sé. La cosa es que Keith había cruzado por el pasadizo secreto ya no tan secreto, y me estaba esperando en el jardín.
Me vestí rápidamente porque aún llevaba mi pijama rosa de florecitas y bajé a toda velocidad por las escaleras hasta llegar al jardín. Allí estaba él, con una sonrisa reluciente y sus ojos color cielo, pero cielo despejado y sin nubes ¿eh? Keith tenía mi edad aunque él cumplía antes que yo, seis meses antes. Era delgado e igual de alto o más que mis hermanos, y su pelo, plateado como la luna. Puede parecer raro, pero, es que nosotros no éramos humanos. Mi familia y la suya éramos Celestîales asentados en tierras de humanos, o mejor dicho, Celestiales que viven en la Tierra, donde viven los humanos.
Los “Celestîales o Helphys” <<Jelfus>> nos parecíamos en casi todo a los humanos, solo que nosotros podíamos volar (con alas, no flotamos), nosotros vivíamos hasta los diez mil años y no moríamos hasta entonces (no intentes comprobarlo...) y por último, teníamos grandes poderes paranormales.
Keith tenía el poder del agua y podía controlarla perfectamente. Mi hermana Beth era el fuego y podía entrar en contacto con objetos a más de 100 ºC; mi hermano Live era la vida, la luz que vemos todos al nacer; mi hermano The End era la muerte y tenía una gran guadaña, y yo era la electricidad, y la verdad, era muy útil porque podía recargar el móvil y las videoconsolas sin necesidad de enchufe.
Keith me contó que él no era del todo Celestîal, que su madre si lo era, pero su padre había sido un importante Caballero del Imperio Grifo.
El mundo de los Celestiales y demás criaturas se hacía llamar Celdian, y en él se hallaban los siguientes reinos:
En los bosques de Irolán vivían los orgullosos Elfos y Hadas. En el Imperio Grifo, los majestuosos Caballeros. En Heresh, las Nigromantes, Vampiros y demás criaturas oscuras. En las Ciudades de Plata, los Magos, Brujos y Hechiceros, y finalmente, Ellean, que se hallaba en los cielos y donde vivían Celestîales y Ángeles.
Todo eso me lo habían contado o lo había leído en libros antiquísimos, porque yo, en verdad nunca había estado allí y tampoco lo había visto en persona. Desde que mis bisabuelos descubrieron el mundo de los humanos, habíamos estado viviendo en la Tierra y ninguno de nosotros había visitado Celdian o Ellean.
Si os digo la verdad, a mí nunca me había atraído ir, porque entonces yo era una niña normal, que iba al instituto y salvo Keith, todos mis demás amigos eran humanos y no me importaba mucho. Lo que si me hubiese gustado es saber volar bien, porque a eso te enseñan, y yo, la única ayuda que recibí fue la de Keith, así que volaba a volantazos, y a veces me estampaba con los postes telefónicos... Aunque si me hubiesen preguntado si quería ir, seguramente habría dicho que sí.
Estaba absorta en mis pensamientos hasta que Keith me trajo de vuelta:
-Bueno...y... ¿qué quieres que hagamos hoy? -preguntó con su dulce voz tenor.
-¡Ostras! ¡No lo había pensado! -dije sobresaltada.
Keith sonrió.
-Me hacen gracia las caras que pones -rió inocentemente.
Yo todavía seguía pensando que íbamos a hacer y no me enteré mucho, sino... le habría dicho algo. Me giré intentando ver si me venía la inspiración, y vi que ya mismo era la hora de comer y que se nos había hecho muy tarde, así que me despedí de Keith que también se iba a almorzar y le dije que viniera por la tarde para que jugáramos a los videojuegos.
Entré en casa y vi que mis hermanos ya habían puesto la mesa y estaban sirviendo la comida. Seguramente estarían un poco enfadados conmigo por no haber ayudado y supuse que me encargarían a mí barrer y lavar los platos. No me gustaba mucho, pero ya estaba acostumbrada; entonces recordé: “¡Hala! No he hecho la cama”, y antes de que sospecharan, subí rápidamente y la hice.
Cuando bajé, en mi plato ya había comida (si a eso se le podía llamar comida), me senté, me habían estado esperando, y empezamos a comer. Aunque yo, más bien me quedé mirando lo que se hallaba depositado en mi plato; una cosa estaba clara: era puré de verduras, ¿de cuáles?, no lo sé, pero era puré. A mi madre le encantaba experimentar con la comida y sobre todo, con los purés. Los que más frecuentábamos era uno que parecía una ciénaga, estaba hecho de espinacas y acelgas, creo. Lo solíamos llamar “Sopa de Muerto”, porque en verdad lo parecía. Y luego había otros más suaves con zanahorias y patatas. Sin embargo, éste era diferente, tenía un color raro y cuando lo probé, efectivamente, sabía raro. Supuse que sería un nuevo invento de mi madre, no me atreví a preguntarle por si me decía algo o me obligaba a repetir ración.
Se me ocurrió un nombre perfecto para el nuevo puré y quise contárselo enseguida a mis hermanos. A Live lo tenía enfrente y no dudé en pegarle una patada en la pierna para llamar su atención y que me mirase. Pero al parecer, malinterpretó mis intenciones, y no solo me miró (muy enfadado, por cierto), también me devolvió la patada el doble de fuerte.
-¡Au!
Yo solo quería contarle que aquello sabía a calabacín rancio y que podía ser el nuevo nombre de la especialidad de puré de nuestra madre.
Al final me tuve que esperar a que acabásemos de comer y a que nuestros padres se fueran echarse la siesta, para contárselo a los tres.
Les hizo mucha gracia:
-“Sí, yo sabía” -pensé. Live se disculpó conmigo y yo le perdoné, obviamente, pero seguro que aquello me dejaba morado; y, aunque al principio parecían enfadados, acabamos los cuatro haciendo las tareas juntos.
La tarde se me pasó bastante rápida, como pasa cuando te estás divirtiendo. Keith y yo subimos muchos niveles en el juego y estábamos tan a gusto que no nos dimos cuenta de que ya era de noche, y probablemente, hora de cenar. Nos despedimos hasta el día siguiente y salí al jardín, que era donde cenábamos las noches de verano, contemplando el cielo estrellado y la luna, aunque a mí eso me daba igual.
Cenábamos fuera porque hacía fresquito, aunque nos comían los mosquitos. Eso es lo que hay en las noches de verano: estrellas, Luna y mosquitos. Así que cené rápidamente antes de que me convirtiera en una “roncha-humana”, ¿o debería decir, en una “roncha-celestîal”?, el caso es que cené y entré sin demora en mi casa.
Estaba todo a oscuras y no veía ni torta, la única iluminación que había era la que entraba de la calle, que tampoco era mucha. Palpé la pared buscando el interruptor de la luz, pero mis esfuerzos fueron en vano, mi casa era grande y para cuando lo divisé en la pared de enfrente, ya era demasiado tarde...en el silencio de la noche, en el silencio de mi casa, oí otra respiración que no era la mía. Me quedé petrificada, y cuando reuní el suficiente valor pregunté bastante fuerte, para que quien fuese, viese que no tenía ningún miedo:
-¿Hay alguien ahí?
Pensé en mis hermanos que solían gastarme bromas, pero era imposible, porque los oía en su concurso diario de “Caza De Mosquitos”, risas y conversaciones afuera en el jardín en ese preciso momento. Ahí si me entró el yuyu. ¿Quién más que nosotros podría estar en mi casa? Si hubiese sido Keith, hubiese contestado, pero además, él nunca me hacía ese tipo de bromas. Pero eso no era lo peor; lo peor fue cuando descubrí que la puerta que daba a la entrada de nuestra casa, estaba abierta de par en par, cuando debería estar cerrada. Seguramente mis padres la habían dejado abierta a propósito para que entrara fresquito. Me tranquilicé al ver la puerta de la cancela que daba a la calle cerrada, y que solo se podía entrar saltando la verja; y yo creo que en una urbanización normal, la gente no entraba a robar si había alguien dentro de la casa, es bastante obvio.
Me disponía a cruzar el salón (bastante más tranquila)
para encender la luz, cuando algo se me echó encima. Iba a gritar como una loca posesa, pero “aquello” me tapó la boca. Mordí con fuerza lo que me tapaba y me desprendí con destreza de lo que me sujetaba. Ahora no solo iba a gritar el doble de fuerte, sino que también estaba buscando un bolígrafo para clavárselo en el momento oportuno, una técnica muy eficaz que aprendí de una peli. Pero en la poca claridad vi que era un chico joven, más o menos de mi edad, y que antes de que pudiera reaccionar , se abalanzó sobre mí para abrazarme con cariño. Me quedé como una piedra, me estaba abrazando un tío que yo no conocía de “ná”. Y por fin habló:
-¡Cuánto tiempo, te he echado mucho de menos! Has desarrollado buenos colmillos ¿eh, Lion? -dijo contentísimo el chaval como si me conociese de toda la vida; ¿y cómo sabía mi nombre? Si yo no se lo había dicho (por cierto, me llamo Lion) además estaba segurísima de que no lo había visto en mi vida; y lo único que mi estado mental me permitió decir fue:
-¿Ein? ¿Y tú quien eres?
-¿No te acuerdas de mí? Normal, eras muy pequeña. -explicó un poco triste
Pero yo cada vez estaba más confusa, ¿pequeña de qué? ¿Es que acaso yo lo conocía?
De pronto dejó de abrazarme y dijo apresuradamente:
-Bueno, ¡basta de charla! No podemos perder más tiempo, tenemos que irnos ya, si queremos llegar a buena hora.
-¿Irnos, a dónde? -casi grité.
-No hay tiempo para preguntas, y menos para respuestas. -aclaró el chico cogiéndome de la mano y tirando de mí hacia la puerta. Yo me paré en seco impidiendo que siguiera tirando.
-¿Quieres raptarme? -pregunté extrañada, no sabía de que hablaba.
-¿Raptarte? ¡Ja ja ja! -rió- Mejor dejamos las bromas para el camino; no intento raptarla señorita Lion, Ellean y Celdian os necesita.
-“¿A mí? -Pensé- ¿Para qué?”.
En ese momento The End entró por la puerta y me lanzó una gran mochila.
-Date prisa y echa todo lo que necesites, -hizo una pausa- va a ser un viaje largo. -dijo The End y me hizo un gesto de impaciencia que me hizo entender que aquello no era broma.
Me guardé todas las dudas que en ese momento se amontonaban en mi mente para el camino y subí velozmente a mi habitación a coger ropa y otras cuantas cosas de utilidad; luego bajé a la cocina, abrí los armarios y empecé a llenar mi mochila con bolsas y bolsas de patatas, una botella de agua (que las papas dan mucha sed) y más patatas. Miré por última vez a The End aún un poco confundida.
-¿Y papá y mamá? -pregunté con preocupación- ¿Seguro que me puedo ir?
The End me dio un tierno abrazo.
-No te preocupes, lo tengo controlado. -aclaró con una voz tan suave que me tranquilizó- Buen viaje, cuídate y da lo mejor de ti.
Me dio un beso en la frente y se despidió de mí y del chico raro, que estaba abriendo un portal hacia Celdian que momentos después atravesaríamos. La verdadera aventura no había hecho más que empezar.
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